Este post es la continuación del que publiqué el 27 de julio. Entonces me preguntaba por las razones de los propietarios o de sus agentes para no bajar los precios de los apartamentos en la playa a pesar de su baja tasa de ocupación. En los comentarios se sugirieron dos respuestas: una apelación al orgullo ancestral español —que es una forma poética de apelar a la irracionalidad: «los españoles preferimos que nos partan el brazo antes de darlo a torcer»; y una apelación a la racionalidad ultrasofisticada: en algunos mercados los vendedores fijan sus precios de manera estratégica, aunque cueste trabajo entender «cuál será su maldita estrategia». Cuando le devolví las llaves a la propietaria de la inmobiliaria que gestiona los alquileres de Los Tamarindos no pude resistir la tentación de preguntárselo a ella.

Su respuesta fue un tanto incoherente pero entendí tres cosas: primera, los precios los fijan los propietarios; segunda, a muchos de ellos los alquileres no les importan demasiado «solo pretenden que les ayuden a pagar los gastos de comunidad»; y, la mejor de todas, «más vale poco y bueno que mucho y malo». Esta última primero me resultó difícil de entender: ¿qué puede haber de malo en alquilar un apartamento con unos muebles elementales y prácticamente indestructibles al precio que sea? Hoy se me ha ocurrido otra explicación que tiene que ver con los costes fijos, que desgraciadamente están ausentes de la mayoría de los modelos de decisión. Todas las actividades requieren una parte de nuestra atención para llevarlas a buen puerto. Todas ellas compiten por nuestro tiempo y por nuestra energía y algunas, simplemente, no pasan el corte. No nos compensa activarlas. Por eso a veces no aprovechamos todas las oportunidades de beneficio ni todos los márgenes de arbitraje. Para que me compense preocuparme por el alquiler de mi apartamento, me tienen que pagar por lo menos cien euros al día. Si me van a pagar menos, prefiero preocuparme por otras cosas y tenerlo vacío. «Bonita historia» me dice el Gordo que no puede resistirse a leerme por encima del hombro mientras escribo. «Explícame entonces por qué a partir del quince de septiembre el mismo apartamento se alquila por treinta y dos euros».

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